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jueves, 1 de octubre de 2015

Chocolate Amargo con Miel - Relato de Jesús Gutiérrez Velarde - Capítulo XIII (Fin)

- ¿Qué? – grité yo
- Ya puedes subir, cariño. Corre, ven...
Y si más dilación, di media vuelta y corrí todo lo que pude por el mismo camino que allí me había llevado. Subí las escaleras por tercera vez ese día y fui directo a la cocina donde, suponía, estarían esperándome mis abuelos. Al llegar, me detuve en la puerta, sin entrar. No me lo podía creer. Lo que antes no pasaba de una simple cocina de una simple casa de una simple aldea, era ahora un lugar maravilloso, perfumado y aromático que hubiera salido de uno de mis libros de cuentos. Mi abuela había sacado el mantel de encaje que guardaba con sumo cuidado para las ocasiones más especiales, y esta lo era, haciendo que la mesa luciera con luz propia. Había globos de varios colores esparcidos por la estancia. Olía a frisuelos y a chocolate y a pastas de Guillón y a galletas y a una bebida que, segundos después supe, era mi favorita: Mirinda de naranja. Todo eso, en grandes cantidades, se encontraba dispuesto sobre la mesa, colocado con gusto, armoniosamente, de tal forma que era un deleite para los sentidos. Me emocioné y salí al encuentro de mi abuela que no estaba sino a unos pocos pasos de mí, junto a mi abuelo que, callado, no cesaba de sonreírme. Abracé con toda mi alma a mi abuela y luego a mi abuelo y luego a los dos a la vez, limitándome apenas a decir:
- Gracias, abuela. Gracias, abuelo. No sabréis nunca la felicidad tan grande que me habéis proporcionado. Muchas gracias a los dos. Os quiero muchísimo...
Y sin poder evitarlo, las lágrimas vinieron nuevamente a mis ojos como si hubieran permanecido agazapadas para volver a hacer acto de presencia otra vez, sólo que ahora no eran de tristeza ni de aflicción sino de alegría y de un profundo agradecimiento que nunca hubiera sabido expresar con palabras.
- ¡Venga, so tonto! ¿A qué estamos esperando? – bromeó mi abuelo mientras retiraba de la boca su eterno Celtas al que estaría asociado en mi mente durante años y años.
Y los tres nos lanzamos como lobos hambrientos a la degustación de aquel festín pantagruélico que nos esperaba impaciente. Comimos, bebimos y charlamos entre constantes muestras de cariño y de complicidad. Mi abuelo, en otras circunstancias, habría lanzado toda su ira contra Luis, sus padres y toda su familia pero, talvez persuadido por mi abuela, no hizo ningún comentario que no tuviera que ver sólo con nosotros tres. Su actitud, el cariño de ambos y aquella mesa cubierta de tantas delicias que le hacían parecer mayor fueron calmando mi dolor hasta que pasara a convertirse en un recuerdo, agrio unas veces, indiferente otras, inexistente las más pero recuerdo al fin y al cabo.
En cuanto eso, la radio nos hacía compañía alegrando más aún si cabía la escena que se estaba grabando en mi corazón a fuego. En esos momentos el mundo exterior desapareció de mi mente y, de nuevo, fui feliz, como siempre lo había sido aunque ahora conociera el otro lado de la moneda.
Cuando llegó la hora de acostarme, lleno de tantas cosas ricas que había comido, con la radio aún encendida, abracé nuevamente a mis abuelos y, sin decir nada esta vez, les agradecí con todo mi corazón no ya la parte física de la merienda-cena sino el peso tan grande que habían arrancado de mi alma con apenas cariño, mucho cariño, lo que nunca me habría de faltar. Esa noche dormí el sueño de los justos. Nada me turbaba ya. Sabía quién era, quién me amaba de verdad, quién sabía calmarme y devolverme a mi ser cuando creí que no había vuelta atrás. Dormí plácidamente, profundamente y no recuerdo haberle dedicado ni un solo pensamiento más a la fiesta de Luis. Estaba curado, era eso lo único que sabía. Mis abuelos me habían curado.
A la mañana siguiente me desperté con la misma placidez que siempre me había proporcionado aquel cuarto, con el sol entrando delicadamente por mi ventana, rebosante de alegría y con mi abuela sentada en el borde de la cama, como siempre, esperando a que fuera yo el primero en hablar para así estar segura de que estaba despierto. En mi rostro no había ya nada que pudiera hacer recordar la angustia tan terrible por la que había pasado. Era yo otra vez, el niño risueño a pesar de los amargos acontecimientos que habrían de desarrollarse años después y que me cambiarían para siempre.
Nadie habló más del asunto. Yo seguí saliendo y haciendo mi vida normal sin importarme ya los motivos que habían llevado a Luis o a sus padres a marginarme del modo en que lo hicieron.
Pocos días después llegó mi madre a recogerme. Sentí pena porque eso significaría tener que dejar solos a mis abuelos pero no pude contener mi alborozo al ver a mi madre aproximándose a la casa.
- ¡Mamá! ¡Mamá!
Y antes de que tuviera tiempo de reaccionar me eché en sus brazos, lleno de amor y nostalgia, abrazándola tan fuerte como mis aún pequeños brazos me lo permitían. Ella se dejaba hacer, entre risas, ante el ímpetu de su hijo varón más joven y para quien ella lo era todo.
Mis cosas estaban ya preparadas y el tiempo era siempre breve cada vez que mi madre venía a Laiseca: una casa entera con un marido y otros tres hijos la esperaban.
Comimos con mis abuelos lo que sería mi última comida con ellos aquel verano, charlando sobre todo, omitiendo tan sólo el episodio de la fiesta de Luis que, sin duda, mi abuela le habría contado a mi madre hasta el más mínimo detalle y que ella, para no remover penas, nunca comentó conmigo, talvez, si acaso, con mi padre.
A eso de las cuatro ya estábamos listos para emprender el camino de vuelta, con mi vieja maleta en la mano, mi ropa perfectamente plegada y ordenada, mis cuadernos de caligrafía acabados y mis libros de cuentos leídos. Nos despedimos efusivamente de mis abuelos, mi madre me tomó de la mano y nos fuimos perdiendo, poco a poco, entre los campos y senderos, camino de la estación. Yo, cuando la distancia era pequeña aún, giraba la cabeza y agitaba la mano, diciendo adiós a mis abuelos hasta que, unos minutos después, no fue posible verles más.
Llegamos a la estación, mi madre compró los billetes y permanecimos un rato sentados en un viejo banco de madera descolorida a la espera del tren que nos llevaría a casa. No se hizo esperar ese día. Subimos, yo me acomodé junto a la ventana y mi madre a mi lado sin soltarme la mano como en ella era costumbre.
- ¿Estás bien, cariño? – preguntó ella
- Sí, mamá. Estoy bien – respondí yo mientras el tren se ponía en marcha a trompicones, como si no le quedaran ya fuerzas para continuar.




miércoles, 30 de septiembre de 2015

Chocolate Amargo con Miel - Relato de Jesús Gutiérrez Velarde - Capítulo XII

Escuchando a mi abuela mi corazón pareció encontrar cierta paz de nuevo y esbocé una sonrisa que, si bien no era la que solía lucir en circunstancias normales, ya parecía tener un cierto aire. Mi abuela continuó hablando:
- Además no hay fiesta por grande que sea que no pueda substituirse por otra de iguales proporciones e idénticos resultados, si no mejores, así que hoy vamos a celebrar aquí, en casa, nuestro cumpleaños: el tuyo, el de tu abuelo y el mío – dijo, volviendo a sonreír.
- Pero, abuela,- dije yo – hoy no hacemos los años ninguno de los tres.
- Por eso mismo – respondió ella – Los tres cumpleaños caen en fechas en que tú estás en época escolar y no podemos celebrarlos juntos, de modo que lo haremos hoy. ¿Qué te parece?
Mi llanto había desaparecido dando paso a una nueva ilusión, más personal e íntima, como, si al final de todo, aquel día fuera a ser de verdad inolvidable, tanto o más que si Luis me hubiera convidado a su fiesta.
- Así que levántate de esa cama ahora mismo y vamos a organizar todo lo más rápido posible – dijo ella, sonriendo como si nada hubiera ocurrido.
Yo no pude por menos que obedecerla, haciendo gala de la misma sonrisa que, en mi corazón de niño, creí haber extraviado.
Mi abuela salió del dormitorio apremiada por el tiempo que, según ella, no era mucho a no ser que lo que debiera ser merienda, se transformara en cena. Eran casi las seis de la tarde.
Se dirigió a la cocina con presteza y encendió la chapa. Mi abuelo se encontraba en casa también, descansando en su cuarto, como a él le gustaba referirse a sus interminables siestas cuando lo que él llamaba trabajo se lo permitía. Mi abuela le despertó sin mayores miramientos lo cual no le debió hacer mucha gracia, siendo el descanso y el vino sus más fieles compañeros, en la guerra y en la paz. Hablaron durante unos minutos en voz baja y, al poco, mi abuelo ya estaba vestido y listo para salir casi con la misma premura con que mi abuela iba poniendo todo en su lugar en la cocina donde habría de tener lugar la merienda en honor a todos nosotros aunque yo de sobra sabía que lo estaban haciendo todo por mí y sólo por mí.
En cualquier fiesta que se precie, más aún en aquellos años, no podía faltar el omnipresente chocolate así que esa fue su primera labor. Siempre había en casa alguna tableta de chocolate de hacer, de modo que mi abuela la fue troceando hasta convertirla prácticamente en virutas mientras la leche iba hirviendo poco a poco al calor del fuego. En otra cazuela fue preparando la pasta que más tarde se convertiría en mis adorados frisuelos. Todo iba viento en popa cuando regresó mi abuelo con una enorme bolsa en la mano en la que, después sabría, había todas las cosas por las que un niño daría hasta la vida, si fuera necesario. Ambos me pidieron que bajara a la calle y no subiera de nuevo hasta que ellos me llamaran. Asó lo hice. Fui escaleras abajo mucho más animado, sin el nudo que atenazaba mi pecho, con ilusiones renovadas y sonrisa de domingo. El creciente sufrimiento por el que había pasado desde el jueves se iba desvaneciendo paulatinamente ante el giro que habían dado los acontecimientos. No recuerdo si la imagen, aún fresca, de todos los niños de Laiseca en la fiesta de Luis me causaba algún dolor en aquellos momentos en que descendía las escaleras. Talvez no había pasado de un despiste, un error de cálculo o un olvido (imperdonable cuando la víctima es uno mismo) pero de lo que sí estaba seguro ahora era de que de ninguna de las maneras iba a dejar que eso estropeara lo que, con tanto amor, estaba preparando mi abuela para mí, para nosotros.
Deambulé por los alrededores pensando en lo que mi madre solía decir con tanta frecuencia: “Cuando se cierra una puerta, Dios siempre abre una ventana”, lo que debía de ser cierto a tenor de los hechos, como lo eran otras muchas cosas que había oído de boca de mi madre. Paseé por las huertas, entre tomates y vainas, sin tocar nada, siguiendo el sendero que daba a la Riega. Me quedé mirando sus aguas transparentes creyendo verme en ellas, borrosamente, como si de un espejo translúcido se tratara y en esas estaba yo cuando se oyó una voz que provenía de la casa.
- ¡Susito! ¡Susito!

Era, por supuesto la voz de mi abuela.


martes, 29 de septiembre de 2015

Chocolate Amargo con Miel - Relato de Jesús Gutiérrez Velarde - Capítulo XI

Allí permanecí, afligido, si bien menos angustiado, hasta la hora del almuerzo. No quería que mi abuela me viera en aquel estado de modo que, antes de ir a casa, me pasé nuevamente por la fuente donde me lavé el rostro una y otra vez hasta tener certeza de que no quedaba el más mínimo rastro del llanto que no había podido contener y que habría dejado muy triste a mi abuela de haberlo sabido. Esperé un poco más, esta vez al sol, hasta asegurarme de que mi piel estaba seca, como debía estar, y tomé el sendero que me llevaría a casa como había hecho otras muchas veces.
Comí en silencio, sin apetito, respondiendo de manera monosilábica las preguntas que mi abuela me hacía, intentando sonreír, como siempre hacía, pero sin conseguirlo esta vez.
A eso de las tres, cogí uno de mis libros de cuentos y me senté bajo la higuera, intentando apartar mi cabeza de aquel cumpleaños que no hacía sino atormentarme. Comencé a leer, sin ganas, sin poder concentrarme, sin poder dedicarle toda la atención que los libros merecen, así que desistí, volviendo a sumirme en la tristeza de saberme el único niño del pueblo que no estaría presente en la fiesta. ¿Por qué? ¿Por qué, Dios mío, por qué?
Así transcurrieron dos horas, talvez, tratando de encontrar una explicación a lo que parecía no tenerla. Intenté jugar solo como solía hacer otras veces, imaginándome mundos perfectos donde yo era el héroe, el gran protagonista, pero tampoco dio resultado. De nuevo la angustia se estaba apoderando de mí. No podía quedarme más allí, simplemente no podía. Yo no merecía la tortura por la que estaba pasando en la más absoluta soledad. “La fiesta ya debe de haber comenzado”, especulé y, casi sin detenerme a pensar, como si mi voluntad ya no me perteneciera, me levanté dejando el libro sobre la hierba y me dirigí, en un estado de semi-inconsciencia, al pajar desde donde, por la mañana, había presenciado las disposiciones del cumpleaños. Llegué sin hacer ruido y lo que vi fue como un puñal que se hundía en mi carne lenta y despiadadamente para que el dolor fuera aún mayor, puñal que no parecía tener fin. Todos los niños se encontraban ya allí: Ricardo, Teresa y todos los demás, gritando, brincando, felices como sólo viéndoles podría uno imaginarse. En la mesa no quedaba espacio ni para colocar un simple vaso más. Había todo lo que yo había supuesto y mucho más. Yo no había visto nada parecido en toda mi corta vida, ni tan siquiera en las fiestas patronales en honor a San Antonio, el trece de junio. Me quedé observando el espectáculo, la algarabía de los niños y adultos, mientras las lágrimas volvían a mis ojos al tiempo que yo luchaba, sin éxito, por contenerlas. Lloré y lloré, con la boca cerrada para no hacer ruido alguno, lo que podría delatarme, para mi vergüenza.
En el momento que vi la oportunidad, salí corriendo de detrás del arado sin poder contener el llanto, con el puñal hundiéndose cada vez más en mi pecho, matándome poco a poco y corrí y corrí como nunca antes había corrido, mezclándose el sudor y las lágrimas sin saber ya qué era lo uno y qué lo otro.
Por primera vez no pensé en mi abuela, giré a la derecha y luego a la izquierda, subí las escaleras de casa de dos en dos, para mi sorpresa, y seguí corriendo hasta mi cuarto para, acto seguido, desplomarme como un peso muerto sobre mi cama. Continuaba llorando como si mis lágrimas provinieran de un enorme grifo imposible de cerrar. Me acurruqué en mí mismo tratando de encontrar alguna forma de consuelo pero resultó ser en vano. Mis ojos debían de estar hinchadísimos, mi rostro completamente mojado y yo intentaba retirar mi lloro con mis manos pero, una vez más, sin conseguirlo. Sollozaba, gemía, y casi temblaba de dolor y decepción, de desconsuelo y de desolación, olvidado por todos, como si no existiera, como si alguien estuviera queriendo castigarme por algo que no había hecho. La desazón no me dejaba encontrar las palabras adecuadas para explicarme lo que estaba pasando, para tratar de calmarme al menos por unos instantes.
Mi abuela debió de percatarse de que había subido a casa y me encontraba en mi cuarto pues unos segundos después apareció junto a mi lecho sin que yo lo percibiera, como si las tablas del suelo, siempre delatoras de cualquier llegada, hubieran decidido permanecer mudas temporalmente permitiendo así su entrada silenciosa.
Se sentó muy lentamente en el borde de la cama, extendió su mano y me acarició suavemente, como si, en el fondo de su corazón, compartiera mi dolor conmigo sin saber aún las causas que lo habían provocado. Continuó alisando mi cabello con la misma dulzura con que siempre lo hacía, callada, esperando el momento propicio para quebrar con palabras el doloroso silencio, roto apenas por mis sollozos incontrolables. Al poco, sin levantar su mano de mi rostro, se atrevió a hablar:
- ¿Qué te pasa, mi amor? ¿A qué se deben esas lágrimas que hasta a mí me duelen y que, por tu actitud de estos últimos días, eran casi previsibles a pesar a pesar de tus esfuerzos para impedir que yo me enterara, evitando así mi propio sufrimiento? – dijo dulcemente mirándome a los ojos.
Yo sabía que ella intuía mucho más de lo que yo creía dejarle ver pero ya no tenía remedio. Me había venido abajo y no podía dejarla continuar en ese suspense en el que habría vivido aquellos dos últimos días y que yo había propiciado a pesar de que mis intenciones fueran bien diferentes. Le conté todo, absolutamente todo, entre sollozos, hablando despacio y entrecortadamente, esforzándome en no llorar más y una vez más, sin éxito. Le hablé de la fiesta de Luis; de la angustia que había sentido a la espera del convite que nunca llegó; de los preparativos que había presenciado desde el pajar de Cruz; del cumpleaños que se estaba celebrando en esos mismos momentos y en el que, de todos los niños de Laiseca, sólo faltaba yo; del nudo que sentía en el pecho y que tan sólo el llanto conseguía aliviar; de las dificultades que había tenido las dos noches anteriores para conciliar el sueño, esperando lo que nunca habría de llegar, aunque no acabara de creérmelo. Le pregunté que era lo que había hecho mal, por qué, de repente, todos parecían haberse olvidado de mí. Llegué incluso a preguntarle si era un mal nieto o un mal hijo o si mi comportamiento no era lo suficientemente bueno. Ella escuchaba con todo su corazón, haciendo suyos mi dolor y mi tristeza. Yo deseaba que mis lágrimas no la contagiaran pues, sin duda, habría sido mucho peor para ambos. Sus manos continuaban acariciándome con más ternura, si cabe, hasta que, por fin rompió su silencio y me dijo tan serenamente como pudo:

- Hijo, entiendo lo que estás pasando. Las personas, a veces, nos causan daño, nos hieren profundamente sin apenas darse cuenta, ajenas a nuestra sensibilidad, nuestros deseos o nuestras esperanzas, a todo cuyo centro no sean ellas mismas. Siempre ha sido así desde el inicio de los tiempos y dudo mucho que algún día sea de otra manera. Los que, como tú, que jamás hubieran hecho nada semejante, son víctimas del descuido, del olvido, como en este caso, sufren más aún descubriendo el lado oscuro de esta vida nuestra que nos trae y nos lleva a su antojo sin que podamos controlar sino una pequeña parte de ella. Cuando es dulce, lo es mucho pero cuando la amargura llama a nuestra puerta, no hay cerrojo que pueda impedir su entrada. Tú lo has intentado, has querido continuar viviendo en el lado tierno de la vida, tan tierno como tú, pero, desgraciadamente, ese cumpleaños, esa fiesta o lo que quiera que sea, te ha mostrado lo que más tarde o más temprano debías aprender: algunas personas se olvidan de quien, en muchas ocasiones, más merece ser recordado. Y no, mi ángel, no pienses que tiene algo que ver contigo ni que eres tú el que ha errado en algo, y muchos menos aún se te ocurra pensar que eres un mal nieto o un mal hijo. Tú eres nuestro orgullo, el de tus padres y el nuestro y te queremos por encima de todo. No, cariño, el problema no eres tú sino de ellos que carecen de lo que a ti te sobra: sensibilidad.



lunes, 28 de septiembre de 2015

Chocolate Amargo con Miel - Relato de Jesús Gutiérrez Velarde - Capítulo X

Así transcurrió el jueves, yo aguardando como un bobo, con un único pensamiento en mi cabeza, esperando escuchar las palabras mágicas que acabarían con la zozobra que había tomado cuenta de todo mi ser. Aquella noche, al llegar a casa, hablé mucho menos de lo que en mí era común y, tras una ligera cena, di un beso a mis abuelos y me fui a dormir con la esperanza de que el sueño pusiera todo en su debido lugar. ¡Cuán equivocado estaba! Pasé la noche en un constante duermevela, inquieto, sin parar de dar vueltas en la cama y sin poder apartar de mi mente el hecho de que al día siguiente ya sería viernes y si no ocurría lo que yo tanto deseaba, no iba a conseguir librarme de aquella sensación tan horrible y que tanto dolía. Era un dolor hueco, diferente al físico que, en algunas pocas ocasiones ya había sentido y para el que, a diferencia de éste, no había medicina que yo conociera o de la que hubiera oído hablar.
El tibio sol de la mañana del viernes, cuando mi abuela abrió lentamente las contraventanas de mi cuarto, no tuvo en mí el mismo efecto que en los días anteriores. Me sentía cansado, angustiado, triste, solo, profundamente ansioso y ni tan siquiera el jaranero trino de los pájaros consiguió devolverme la paz y la algazara con las que me despertaba a diario.
Yo continuaba mostrándome cariñoso con mi abuela pero mi cabeza estaba muy lejos en esos momentos y ella lo sabía, aunque callara. Sí, yo estaba seguro de que lo sabía.
Ese viernes fue aún más angustiante que los días precedentes. Era la víspera del gran día, mi última oportunidad. Lo que tuviera que ocurrir, tendría que ser ese día, de lo contrario podía ir olvidándome de la fiesta, de los bizcochos, de la música, de los pasteles, de todo…Las horas se sucedían lánguidamente, como si pidiendo permiso las unas a las otras, como si de extraño complot se tratara para alargar lo que, a mis ojos, no era sino una indolente agonía. Aún me restaban esperanzas, aún existía la posibilidad de que las invitaciones se hubieran pospuesto hasta la víspera, talvez para que no tuviéramos que preocuparnos con los regalos que nunca deberían faltar a quien cumple años. Talvez los padres de Luis, haciendo gala de una sensibilidad exquisita, habían pedido a Luis que no convidara a nadie hasta el viernes, siendo como todos nosotros éramos de orígenes muy humildes, con el único objetivo de evitar gastos innecesarios a nuestras respectivas familias. Sí, eso tenía sentido y decía mucho sobre el tipo de personas que eran los padres de Luis, de su consideración hacia los menos agraciados económicamente.
Nosotros continuábamos jugando a los viejos juegos de siempre y a los nuevos inventados, nadando en el Machón como si nada estuviera sucediendo, esperando yo que en cualquier momento Luis se dirigiera a todos nosotros e hiciera lo que sus padres le habían pedido que hiciera. Llegó la hora de comer y nada. Volvimos a salir a la tarde, jugamos al escondite en los alrededores del Solar, regresamos a la Galiana y mi cabeza continuaba hirviendo sin dejar que me concentrara en nada. Los demás niños se mostraban ajenos a todo, incluso a mí, o eso creía yo. Nada había cambiado en su comportamiento. Continuaban retozando, riendo, bromeando, chapoteando en el agua, haciéndose aguadillas los unos a los otros con la misma hilaridad de siempre. ¿Ya les habría invitado Luis? ¿A todos menos a mí? ¿Por qué, Dios mío, por qué?
Mi corazón no paraba quieto ni un instante, latiendo con toda su fuerza a ritmo acelerado como si quisiera salirse de mi pecho. Yo no podía más, no podía más, no podía más...
Volví a casa, caminando despacio, mirando las piedras del camino. Luis todavía podría acercarse a mi casa el sábado por la mañana, o sus padres, e invitarme personalmente. Entre las personas con dinero no era infrecuente, según había oído decir no sé dónde. Yo me esforzaba en pensar en alguna otra cosa pero no lo conseguía de ninguna de las maneras. Era una mezcla de inseguridad, miedo, angustia y no sé cuántos sentimientos más cuyos nombres aún desconocía y que tan sólo sabía sentir.
Llegó el sábado, el gran día, el día D, el día más importante para cualquier niño de Laiseca. Desayuné, aunque sin hambre, y dirigí mis pasos hacia el bar de Cruz, justo en frente de la casa de Luis. A pesar de no ser todavía las nueve ya había un gran movimiento en el exterior, donde se llevaría a cabo la conmemoración. Permanecí escondido en el pajar colindante, observando cómo varios adultos trabajaban con maña en la preparación de lo que luego sería el decorado del festejo, colocando hilos de bramante desde el balcón hasta los postes de la luz de los que pendían preciosas banderitas de todos los colores y formas en todas las direcciones. La enorme mesa verde presidía el patio y a ambos lados de ella, se encontraban dos largos bancos, igualmente verdes, para los convidados a degustar lo que a mí se me antojaban manjares y que, con toda seguridad, ya estarían preparando las mujeres en el interior de la casa. Yo continuaba escondido detrás de un viejo arado lo suficientemente grande para que nadie pudiera verme y hasta creí poder sentir el delicioso olor a chocolate y bizcochos que emanaba de aquella casa, o ¿fue, quizás, otro truco de mi mente ya turbada? Permanecí en el mismo lugar, inmóvil, como si me hubiera quedado dormido y estuviera viviendo lo que, en cualquier momento podría convertirse en una pesadilla, sólo que esta vez sería real. Seguía sin entender las razones por las que Luis, o sus padres, o quien fuera, me habían dejado al margen de la fiesta. ¿Qué había hecho yo para merecer eso? ¿Por qué yo? ¿Por qué se había tratado el asunto en los días precedentes de esa manera tan rara, como si no existiera o, quizás, como si fuera un secreto que nadie quería compartir conmigo? ¿Por qué nadie hablaba del cumpleaños de Luis? ¿Sería una broma, de mal gusto, por otra parte, y que acabaría en cuanto menos me lo esperara? Aún había tiempo y mi naturaleza optimista y confiada no descartaba la posibilidad de que el dichoso convite llegara, aunque fuera apenas diez minutos antes de la bendita celebración.

Estos eran mis pensamientos cuando, un tanto cansado de esconderme detrás del arado como si fuera un ladrón, decidí irme pero no a casa. Mi abuela debía creer que todo estaba bien y yo no quería causarle ninguna tristeza, menos aún cuando todavía no estaba todo perdido. Caminé hasta la fuente de la primavera que tan bien conocía, bebí abundantemente de ella y me alejé, poco a poco, paso a paso, hacia los prados altos buscando la sombra fresca donde era posible, pues aquel día el sol picaba más que de costumbre, luciendo ufano en el cielo, aunque esta vez no fuera a mí a quien estuviera guiñando el ojo. Deambulé por los campos, pensativo, azorado, desilusionado, afligido y cabizbajo como nunca antes en toda mi vida. Me senté bajo un frondoso chopo, apoyando mi espalda contra su tronco. Por unos minutos, sentí que estaba solo en el mundo acompañado apenas por el trinar de los pajarillos que formaban parte de cada uno de los rincones de Laiseca. Tomé en mis manos una margarita y me vino a la cabeza el viejo juego del “me quiere, no me quiere” y pensé en hacer lo mismo, sólo que el “me quiere” significaría que sí sería invitado a la fiesta y el “no me quiere” que no. Casi sentí miedo de comenzar ya que, tal y como estaban las cosas, si el resultado fuera negativo, bien sería yo capaz de tomármelo más en serio de lo que debía, aún sabiendo que no pasaba de un juego infantil y cuyo resultado no tendría influencia alguna en lo que habría de ocurrir después. De cualquier forma, fui deshojando la margarita pausadamente, sintiendo cómo mi ansiedad aumentaba por momentos a medida que iban quedando menos pétalos presos en ella. Continué: “Me quiere, no me quiere, me quiere, no me quiere, me quiere...” De repente me detuve, acongojado. No merecía la pena continuar. Tan sólo le restaba un pétalo a la flor por lo que el resultado era más que evidente. Me quedé allí, escondí mi cara entre las rodillas y sentí una lágrima furtiva deslizarse por mi mejilla, contra mi voluntad. Al poco vino otra y  luego otra y no sé cuántas más después. Estaba llorando todo lo que no había llorado hasta entonces, limpiándome los ojos como podía al no disponer de pañuelo, con las manos, en un desesperado intento de que mi llanto cesara. Sin embargo, cuanto más lo intentaba, más lloraba. El lloro dio paso a los sollozos y, después, a una cierta tranquilidad ya que, sin yo saberlo, aquellas lágrimas incontenibles habían, por fin, deshecho el nudo que llevaba formado en mi pecho desde el jueves.


domingo, 27 de septiembre de 2015

Chocolate Amargo con Miel - Relato de Jesús Gutiérrez Velarde - Capítulo IX

Al cabo de unos días, se empezó a correr el rumor de que pronto sería el cumpleaños de Luis, el de la casa grande, que sus padres darían la mayor fiesta que Laiseca hubiera conocido en sus años de existencia y que, al parecer, no habría ni un solo niño que no fuera a ser testigo presencial de tal acontecimiento. Yo siempre había vivido estas celebraciones con el mismo entusiasmo y emoción con que vivía el día de Reyes, levantándome antes que nadie en mi casa, corriendo como un poseso, en busca de los regalos que, como todos los años, habrían dejado para mí en algún rincón de algún cuarto o de la cocina, mientras mis padres, aún en la cama, no paraban de reírse viéndome recorrer la casa entera hasta dar con el botín que Melchor, mi rey favorito, me había dejado y, junto al cual, invariablemente, encontraba siempre una o dos barras de chocolate rellenas de frutas.
Igualmente, la fiesta de Luis que estaba por llegar, me producía la misma ansiedad, la misma turbación, aunque no fuera yo el agasajado. Ya podía visualizar todo: los globos de colores, la mesa llena de galletas y bizcochos y pasteles y todas las chucherías a las que, desdichadamente, no tenía acceso todos los días. Nos imaginaba a todos alrededor de la gran mesa, con litros y litros de limonada de todos los sabores, y el padre de Luis, talvez, sacando fotos no sólo de su hijo soplando las indispensables velas mientras hacía su pedido, sino de todos nosotros disfrutando de tan inusitado banquete. ¿Qué es lo que pediría Luis al soplar las velas? ¿Qué hubiera pedido yo? No sé. Yo me habría conformado con lo que ya tenía y me hubiera recreado en cada momento de la fiesta como si nada más tuviera importancia. ¿Y qué ropa me pondría yo? ¿Y qué regalos le harían? ¿Y a qué hora sería la fiesta? ¿Y cuándo me invitaría para que la ansiedad de la duda que ocasionalmente me asaltaba se desvaneciera de una vez por todas y la seguridad me dejara disfrutar anticipadamente de lo que prometía ser algo inolvidable? ¿Vendría alguien más que no fuera del pueblo, talvez algún primo o familiar suyo de la ciudad? Tendría que esmerarme aún más de lo que ya lo hacía en mi manera de comportarme. Esta no iba a ser una fiesta cualquiera. Quizás le pediría a mi abuela que me llevara al barbero a cortarme el pelo para estar más guapo. No sabía que ropa me pondría para tamaña ocasión, de eso se encargaría mi abuela, como siempre lo hacía los domingos antes de ir a misa. De lo que no tenía duda era de que me pondría los mismos zapatos de charol con los que había viajado de la mano de mi madre, aquellos que relucían al roce del sol y en los que casi podía ver mi propio reflejo de tanto que brillaban.
Por primera vez en todo el verano, el tiempo pareció transcurrir más lentamente, para mi desesperación. La invitación no llegaba. Luis todavía no me había dicho nada personalmente y, aunque nuestro día a día no había cambiado substancialmente, mi corazón se disparaba cuando me encontraba en su presencia, mi angustia aumentaba, y él, como si nada, pasaba por alto cualquier comentario que hiciera referencia a la invitación, la bendita invitación que tanto anhelaba yo y que no parecía querer llegar.
Mi abuela comenzó a percibir ligeros cambios en mi actitud, a veces pensativo, a veces impaciente y, entre mimos y cariños, no paraba de preguntarme lo que me pasaba, si estaba bien y todas esas cosas que las abuelas y las madres preguntan siempre pues parece que nada se les escapa. Yo me limitaba a abrazarla diciendo que todo estaba bien, a sabiendas de que, de alguna manera, estaba mintiendo, lo que, tal y como lo recuerdo, no había hecho antes. De todas formas, todo se aclararía en breve, en cuanto Luis se dirigiera a mí y me dijera: “Jesús, no te olvides de que estás invitado a mi fiesta el sábado que viene, ¿vale?” Entonces le explicaría todo a mi abuela y ella comprendería, sin reproches, sin preguntarme porqué no había compartido antes mi ansiedad y mis temores con ella. Mi abuela era así y yo lo sabía por lo que no había nada de qué preocuparse por ese lado.

Ya era jueves y nada. Seguíamos yendo al Machón y jugando al fútbol en la Galiana como si tal cosa aunque yo seguía sin entender nada de lo que estaba ocurriendo. ¿Por qué no se mencionaba la fiesta de cumpleaños? ¿Por qué Luis continuaba tratándome de la misma forma pero sin ni siquiera tocar el asunto que tanta angustia me estaba causando? ¿Sería que no tenía intención de invitarme? ¿Sería que vivir en la humilde casa de detrás de la vivienda de Agustín tenía algún significado para él, acostumbrado a todo tipo de lujos y caprichos, a tener todo lo que deseaba sin ni tan siquiera tener que pedirlo? ¿Tendría algo que ver con el hecho de que mi abuelo bebiera un poco más de la cuenta, lo cual era de todos conocido? “No”, pensaba yo, “eso no puede ser. Casi todos los hombres que pasan las horas muertas en los bares, jugando al tute, frecuentemente beben más de lo que debieran y no pasa nada” ¿Habría habido algún tipo de rencilla entre nuestras familias en tiempos pasados de la que yo no tenía conocimiento? Eso tampoco parecía tener demasiado sentido. Fue el propio Luis el que, desde el principio, me había dicho, al poco de conocerme, que ya era parte de su cuadrilla, uno más del grupo. ¿Qué podría ser, entonces? ¿Cuál podría ser la razón por la cual ese convite demoraba tanto con el consecuente aumento de mi ansiedad e inseguridad? Por más vueltas que le diera, no podía encontrar una sola respuesta que me calmara aunque tan sólo fuera ligeramente.


sábado, 26 de septiembre de 2015

Chocolate Amargo con Miel - Relato de Jesús Gutiérrez Velarde - Capítulo VIII

Yo, desconocedor hasta entonces de lo que era sentir vergüenza en público, no me hice de rogar y acepté al instante con plena aprobación de mi abuelo. El Sr. Chuleta se encargó de todo. Me subió en una de las grandes mesas de madera donde se jugaba al tute y pidió, con cierta autoridad, que todo el mundo se callara. Así lo hicieron y yo, por unos minutos, me sentí el rey del mundo. Canté una vieja canción que había aprendido, palabra por palabra, de la radio, moviendo los brazos y los pies al ritmo de la música, cerrando los ojos cuando así lo requería la letra en un esfuerzo de expresar el más hondo sentimiento, entregándome en cuerpo y alma a lo que estaba haciendo y que tantas veces había hecho en la soledad de mi cuarto frente al espejo del armario que olía a alcanfor. Mi público me miraba boquiabierto por la sensibilidad y emoción que brotaban de mi garganta, poco propias de un niño de mi edad que nunca se había visto delante de una audiencia silenciosa, pendientes de mí, sólo de mí. Cuando hube terminado, abrí los ojos, como si estuviera regresando de un trance y volví a mi postura natural, sin parar de sonreír, enormemente complacido por lo bien que lo había hecho. Sí, me sentía orgulloso, muy orgulloso de mí mismo. Tras un breve silencio, el Sr. Chuleta se puso en pie y lanzó los primeros aplausos, a los que se unieron los de todos los demás que allí se encontraban. Yo no cabía en mí mismo. ¿Lo habría hecho tan bien, de verdad? Permanecí de pie en la mesa hasta que los asistentes, un rato después, dejaron de aplaudir. No podía pedir más ante la mirada de orgullo de mi abuelo como si estuviera queriendo decirles a todos ellos: “¿Os dais cuenta? Ese chavalillo que está ahí, encima de la mesa, es mi nieto, el nieto de Jesús Velarde. ¿Qué os parece?”
Todo podría haber acabado así y yo habría tenido mi día de gloria pero no, aún faltaba algo más, algo tremendamente inesperado pero que de la manera en que se llevó a cabo pareció de lo más natural. El Sr. Chuleta se quitó la boina y dirigiéndose a todos con su voz ronca, dijo:
- No os pensaréis que el espectáculo que nos ha dado este niño nos va a salir gratis, ¿verdad? A los artistas, que yo sepa, se les paga, así que ya podéis ir aflojando el bolsillo y ni se os ocurra intentar haceros los suecos, ¿eh?
Él mismo colocó en la boina las primeras cinco pesetas y la fue pasando por el bar sin que nadie pudiera escaquearse. Incluso Agustín contribuyó con algo aunque, por lo que a mí me pareció, un tanto a regañadientes. Cuando todos hubieron cumplido con lo que el Sr. Chuleta consideraba su obligación, recogió todo el dinero y me lo entregó, con una mirada llena de cariño y una cierta admiración. Yo, al principio, me negaba a cogerlo, a sabiendas de que todas las personas que en la aldea vivían eran tan pobres como mis propios abuelos pero, ante tanta insistencia, no tuve otra alternativa que aceptarlo, no sin antes agradecérselo a todos ellos desde lo más profundo de mi corazón.
El total de lo recaudado ascendía a cincuenta pesetas, lo que, a mis ojos, era una pequeña fortuna, una cantidad que nunca había tenido junta en toda mi vida y que, además, ahora era mía. Y es que, tenemos que admitir que, si el infierno, cuando a él se llega, no tiene límites ni conoce fronteras, la gloria, aquella gloria que sólo fue mía, tampoco.
Al poco, regresamos a casa, con mi corazón aún dando saltos de alegría y emoción y mi ansiedad disparada por contarle a mi abuela todo lo que me había ocurrido en tan sólo dos horas, quizás menos. Ella me escuchaba entusiasmada, orgullosa mientras mi abuelo me guiñaba el ojo de vez en cuando como si queriendo decirme: “¿A quién has salido tú, cariño? Pues a mí. No podría ser de otra forma. ¿Por qué crees que insistí tanto en que te llamaran como a mí?” Mi abuela me tomó entre sus brazos, me besó cálidamente y el tiempo pareció detenerse una vez más. Después cené y me acosté. Habían sido demasiadas emociones para un solo día.

Los días fueron pasando unos tras otros con la misma placidez y encanto, como si el tiempo nos hiciera un guiño de complicidad, como si él también disfrutara de la dulce monotonía que se respiraba en cada esquina del pueblo sin que nada rompiera aquella maravillosa paz. Para mí nada podía ser más perfecto. Tenía todo lo que deseaba tener: mis abuelos, mis amigos, mis cuadernos de caligrafía a los que todos los días les dedicaba un buen rato después de la comida, recostado en la hierba bajo la amable sombra de la higuera de enfrente de casa. Hasta mi momento de gloria había tenido. ¿Qué más le podía pedir a la vida en aquellos momentos? Todo tenía y nada me faltaba, si no fuera por la nostalgia tan grande que, ocasionalmente, me producía la falta de mi madre.

No había ya nadie en el pueblo que no me conociera o hubiera oído hablar de mí como el nieto de Jesús Velarde. Todos me trataban con cariño y bromeaban conmigo estuviera donde estuviera. Yo me dejaba querer y les retribuía con lo mejor que en mí había, con mi respeto, educación y cariño pues, de alguna manera les quería a todos ellos, a cada uno de una manera diferente, es verdad, pero por todos ellos sentía un enorme afecto, lo que , por la manera en que me trataban, no podía ser sino así.


Chocolate Amargo con Miel - Relato de Jesús Gutiérrez Velarde - Capítulo VII

La rutina de mi abuela era siempre la misma y sus quehaceres los llevaba a cabo casi sin pensar, repetitivamente, como si fuera lo único que hubiera hecho en toda su vida. Se levantaba con el canto del gallo y realizaba las tareas domésticas como si de de un autómata se tratara, y luego encendía la chapa, siempre del mismo modo. Una vez calentado el fuego, preparaba el desayuno, sin prisa alguna pues en Laiseca el tiempo parecía haberse detenido hacía mucho ya. Entre las delicias matutinas se encontraban mis favoritas: los frisuelos, una mezcla de huevos, harina, agua y una pizca de sal, que ella trabajaba lenta pero incesantemente para asegurarse de que no quedara ningún grumo. Hecho esto, calentaba el aceite hasta llevarlo casi al hervor en una sartén donde después freiría la deliciosa pasta en su punto justo, en formas redondas aunque de diferentes tamaños, lo cual, por cierto, en ningún momento hacía que el sabor mudara lo más mínimo. Tras sacarlos de la sartén, los colocaba en un plato uno tras otro, apilados, no sin antes añadir una buena porción de azúcar sobre cada uno de ellos. Calientes eran extraordinarios, templados aún más y hasta fríos seguían conservando toda su textura, sabor y aroma tan característicos. Yo nunca me cansaba de ellos y por lo que sé, tan sólo ella, mi madre y mi tía Mercedes tenían la mano para conseguir siempre el mismo resultado en lo que a frisuelos se refiere, todo a ojo, sin cálculos previos, sin medidas, siempre perfectos.
Yo salía después y mi abuela continuaba con la casa, los animales que criaba (unos pocos cerdos, unos conejos y algunas gallinas) y con la huerta que nos suplía de casi todo lo que necesitábamos. Con frecuencia, me pedía que fuera a la fuente a por agua, lo que yo hacía encantado, con el botijo en la mano derecha canturreando alguna canción que hubiera escuchado en la vieja radio de madera que presidía la cocina. Solía demorarme un poco en la fuente, escondida entre una sombra perenne que nunca había dejado pasar los rayos del sol y donde la temperatura térmica podía fácilmente descender hasta diez grados o más en pleno verano, haciendo, de alguna manera, que pudiéramos regresar al frescor de la primavera en apenas unos minutos, con su agua helada y cristalina que saciaba la sed de todos cuantos de ella bebían.
Mi abuela también lavaba la ropa de todos nosotros en la Riega, un pequeño riachuelo que pasaba a pocos metros de la casa, en el mismo lugar en el que, en un día frío de invierno, hubiera estado lavando mi madre pocas horas antes de que yo viniera al mundo. Ella frotaba y frotaba, arrodillada, aquellas prendas a pleno sol hasta dejarlas inmaculadamente limpias, cargando después todas ellas en un viejo barreño de aluminio, no sin esfuerzo, para luego colgarlas en el balcón, donde, en aquel calor que parecía meterse hasta el alma, se secarían mucho más rápido de lo que ella había tardado en lavarlas.
El planchado era igualmente sufrido ya que de la única plancha de que disponía, de hierro puro, tenía que ser calentada al fuego primero para que pudiera deslizarse con cierta suavidad por la ropa ya seca, proceso que tenía que repetir una y otra vez ya que la plancha no conservaba el calor por mucho tiempo. Lo hacía sin quejarse, como siempre lo había visto en mi madre, muchas veces conmigo a su lado, sentado en una banqueta de la cocina, charlando de nuestras pequeñas cosas lo que, creía yo, hacía su trabajo ligeramente menos penoso.
Así pasaba mi abuela la mayor parte de las horas de vigilia sin que por ello su humor tuviera cambios perceptibles.

Mi abuelo, sin bien tenía poco que ver con mi abuela salvo el enorme cariño que sentía por mí, pasaba el día fuera, trabajando, decía él, lo que yo creía firmemente hasta que un día percibí una mirada de incredulidad y de cierto reproche por parte de mi abuela, lo que me llevó a tener dudas a mí también. Llegaba tarde a casa, nunca directo de lo que él llamaba “trabajo”, pasándose por las dos tabernas del pueblo, si bien era la de Agustín la que parecía ser de su preferencia. A partir de las siete de la tarde era difícil encontrar en ella a alguien que no fuera hombre, jugando a las cartas y bebiendo vino, siempre vino, al que mi abuelo era especialmente aficionado y que, sin duda, le convertía en uno de los mejores clientes. Él era menudo, delgado y extremadamente parlanchín, sobre todo después de unos cuantos tintos, pero también era locuaz, imaginativo y contagiosamente alegre por lo que, a pesar de todo, no sólo era muy conocido sino también muy apreciado. Cuando el vino ya había surtido efecto, no era infrecuente que se echara a cantar en medio del bar, con su voz agradable, rítmica y melodiosa que hacía que el resto de los feligreses permanecieran en silencio, medio extasiados, al escuchar aquella voz que no parecía salir de la garganta de un simple obrero que había tomado una copa o dos de más. Y es que, pocos sabían que en su juventud le habían propuesto dedicarse a la música de manera profesional, lo que declinó porque tendría que irse a vivir a Francia, o, quizás, simplemente, porque nunca había sido capaz de concentrarse en nada y él, en su corazón, lo sabía. Sabía de sus inconstancias y, acaso tuviera miedo de fracasar o peor, talvez: de decepcionar a quienes querían depositar semejante confianza en aquel chorro de voz que a él, y sólo a él, pertenecía.

No sé por qué extraña razón, yo también me habitué a hacer todo cantando hasta bien entrada mi adolescencia. A veces, me llevaba al bar con él, no sé si como su acompañante o como el perro guía que le mostraría el camino de vuelta a casa después de tanta bebedera. Yo permanecía allí, en silencio, entre los rudos labradores, tomando mi vaso de limonada hasta que el Sr. Chuleta, (nunca llegué a saber el porqué de ese mote, o ¿sería su apellido? No, no creo. Demasiado extraño, ¿no?) sugirió que fuera yo el que cantara. Mi abuelo era conocedor de mis ciertas dotes para la música por lo que él mismo me animó a demostrar a “aquella cuadrilla de pueblerinos”, según sus palabras, cómo cantaba el nieto de Jesús Velarde.


viernes, 25 de septiembre de 2015

Chocolate Amargo con Miel - Relato de Jesús Gutiérrez Velarde - Capítulo VI

Ricardo se acercó a Luis y ambos se aproximaron a mí.
- Luis, este es Jesús. Está pasando las vacaciones en casa de sus abuelos, esa que está detrás del bar de Agustín. Jesús, este es Luis.
- Hola, Luis – me limité a decir.
- Aupa, Jesús. ¿Qué tal? Ya veo que no eres nuevo por aquí así que ya puedes considerarte miembro de nuestra cuadrilla – dijo, autoproclamándose líder de la pandilla.
- Gracias – dije yo, y sin pensarlo un segundo, propuse - ¿Qué tal si nos vamos a bañar todos ahora? Seguro que habréis traído los bañadores…
- Pues claro – respondió Luis y añadió – Aquí no se juega al fútbol sin que después nos demos un baño ahí abajo – dijo, señalando al Machón.

La alegría era indescriptible. Todos nos dirigimos hacia el sendero que nos habría de llevar a aquella piscina de aguas mansas entre gritos y carcajadas. Al poco, ya nos habíamos zambullido en nuestro río, los más mayores haciendo gala de su valentía metiéndose en las zonas menos seguras, los demás, prudentes, buscando el sosiego de las orillas como nuestros padres  nos tenían a todos dicho desde que allí fuéramos por primera vez.
A un metro más o menos del agua sobresalía una roca lo suficientemente fuerte para sostener el peso de cualquiera de nosotros, hasta de varios quizás, así que los más osados trepaban con la ayuda de pies y manos hasta erguirse en ella para después lanzarse a lo bomba salpicándonos a todos. Los que allí vivían iban incluso más lejos y hasta eran capaces de tirarse de cabeza sin hacerse ningún daño, lo que a mí me parecía una verdadera hazaña. Yo me limitaba a nadar de la forma en que sabía, manteniéndome a flote y avanzando poco a poco con los brazos sin olvidar de esforzarme en mover los pies a la vez, como me había dicho mi padre, pero sin demasiado éxito aún.
Todos parecían haber asumido el liderazgo de Luis, talvez porque fuera de la ciudad, o porque sus padres fueran ricos y vivieran en la casa grande o simplemente porque era el que más confianza tenía en sí mismo. A mí me resultaba extraño que alguien de fuera hubiera tomado el mando así, en un abrir y cerrar de ojos, casi sin hacer nada pero, una vez más, preferí permanecer callado. En el fondo había algo en aquel chaval que me agradaba, sin saber muy bien lo que era.
Teresa se había quedado en la orilla presenciando atenta nuestras bromas y aguadillas y yo, de vez en cuando, le robaba una mirada fugaz. Desde el agua y con el sol a sus espaldas, era aún más guapa con su vestidito inmaculadamente blanco y sus sandalias de goma. Durante un momento, creí sentir que ella también me miraba y me sonreía pero, quizás, sólo fue producto de mi imaginación, consecuencia apenas de un deseo que a lo mejor nunca se convertiría en realidad.
De este modo continuamos durante no sé cuánto tiempo, ajenos al mundo, hasta que uno de los niños preguntó a voz en grito:
- ¿Qué hora es? ¿Alguien tiene reloj?
- Yo no – dijo uno.
- Ni yo – dijo otro.
- Ni yo – rió otro.
- Yo sí tengo – respondió Teresa al cabo de unos segundos – Van a ser la una y veinte.
- ¡Dios mío! – dije yo – Tenemos que darnos prisa. Mi abuela me ha dicho que tenía que volver a casa a la una y media para comer, así que más nos vale salir de aquí lo antes posible, secarnos, vestirnos e irnos. Vosotros también tendréis que ir a comer, ¿no?
- Sí – respondieron unos cuantos al unísono.
Y en menos de cinco minutos, ya estábamos todos preparados y subiendo la ladera que daba a la Galiana para ir a nuestras respectivas casas a comer. Cada uno tomó su camino y yo dirigí mis pasos hacia casa con la triunfante sensación de pertenecer a la cuadrilla de niños de Laiseca por derecho propio y por todos aceptado, si bien no acababa de entender eso de que Luis se hubiera convertido en el líder de esa manera tan rápida.
En el camino de vuelta, no paraba de pensar en Teresa, sin saber por qué ni de qué manera, sin sentimientos definidos. A la una y media en punto, entraba por la puerta de casa, como le había prometido a mi abuela.

- ¡Abuela! – grité mientras subía por las escaleras – Ya estoy aquí.



Chocolate Amargo con Miel - Relato de Jesús Gutiérrez Velarde - Capítulo V

Y sin más, reinicié mi camino, dando los mismos saltitos con los que había salido de casa, primero sobre un pie, luego sobre el otro y así sucesivamente, jugando con las piedrecitas del sendero, mirando hacia todos los lados sin concentrarme en nada. Yo estaba feliz, era feliz sin ningún gran motivo que lo justificara. Era feliz porque sí, porque no sabía ser otra cosa.

Los niños tienen la formidable ventaja de pertenecer a un grupo siempre abierto y dispuesto a acoger a un nuevo miembro en cuestión de minutos, de segundos, tal vez, sin mayores análisis, por el mero hecho de ser otro niño, ajeno a las locuras de los adultos que se pasan la vida diciéndoles lo que deben y no deben hacer, siempre de mal humor, salvo raras excepciones, vete a saber por qué, mirando sus relojes, corriendo de un lado como si sus vidas dependieran de ello. Y es que un niño es tan incapaz de penetrar en el enmarañado mundo de los adultos como éstos lo son de comprender la simplicidad con que los niños encaran la vida, a pesar de que ellos también fueron niños pero hace ya tanto tiempo que deben haberse olvidado de lo simple que era todo .Perdonémosles, pues en el fondo, ellos no tienen la culpa de haber perdido el brillo de sus ojos ni de haber dejado de creer en sueños alegando que los sueños, sueños son y además, las más de las veces, irrealizables.
Y así, con el espíritu de niño más puro que imaginar se pueda, llegué a la Galiana, casi trotando, cuando les vi. Era una cuadrilla de chavales de edades que podrían oscilar entre los seis y los once años, jugando con un balón de plástico en un improvisado campo de fútbol y con dos grandes piedras a cada extremo a modo de porterías, mientras otros, algunas niñas entre ellos, presenciaban con entusiasmo el acontecimiento deportivo desde los laterales del campo, unos sentados, otros tumbados en la hierba y todos, los de dentro y los de fuera gritando a voz en cuello. Las niñas animando al equipo en el que jugaban los que ellas consideraban más guapos o más simpáticos y los niños reclamando faltas inexistentes, fueras de juego y penaltis en cada uno de los lances que se sucedían una y otra vez. Parecían tan felices como yo pero más ruidosos y escandalosos lo que, por otra parte no me molestaba lo más mínimo, al contrario, me resultaba hasta curioso y divertido. A algunos de ellos ya les conocía de otros años y ellos también me reconocieron rápidamente a pesar de encontrarme aún a cierta distancia. Llegué y les saludé como si de toda la vida nos conociéramos:
- Hola, ¿qué tal?
- Hola – respondió uno de ellos – Estamos jugando un partido de fútbol, como puedes ver. Eres nuevo por aquí, ¿no?
 ¡Qué va! – Respondió Ricardo, que me conocía más que de sobra – Es Jesús. Lo que pasa es que no vive aquí, tan sólo pasa los veranos en casa de sus abuelos. ¿Qué tal, Jesús? – preguntó, dirigiendo sus ojos hacia mí.
- Muy bien, Ricar, con ganas de pasármelo muy bien. He traído el traje de baño y la toalla porque imagino que después nos bañaremos ahí abajo, en el Machón, ¿no?
- Eso está hecho. Bueno, a la mayoría ya los conoces. Si acaso, fíjate en ese rubio que lleva la pelota. Se llama Luis. Seguro que no le habías visto antes. Es de la ciudad y es la primera vez que va a pasar las vacaciones aquí con nosotros. Parece un chaval majo. Es el hijo de los de la casa grande que está en frente del bar de Cruz, ¿sabes? Creo que su padre es ingeniero o algo así y tienen mucho dinero pero él, Luis, quiero decir, no parece darle demasiada importancia a eso. Tienen coche, ¿sabes?
- ¿De verdad? ¿Es grande?
- Grandísimo. Tiene espacio para más de seis personas, un poco apretadas, eso sí, pero no por eso deja de ser un coche grandísimo, ¿no?
- Claro que no – dije yo, un tanto admirado.
- Y tú, ¿qué? ¿Cuánto tiempo te vas a quedar?
- Un mes entero. Llegué ayer con mi madre pero ella ha tenido que regresar a casa para atender a mi padre y a mis hermanos.

El juego seguía su normal decorrer si no fuera por el hecho de que, por lo que yo sabía de fútbol, se estaban marcando demasiados goles y siempre era el mismo equipo el que los metía, el de Luis, lo cual sólo podía significar dos cosas: o bien los unos eran muy buenos o los otros muy malos. Así continuamos un buen rato, atentos al partido pero sin dejar de hablar de nuestras cosas, de cómo nos habían ido las cosas en la escuela ese curso y cada vez eran más los que querían dar su opinión.
- Yo he cateado cinco – dijo un pelirrojo lleno de pecas – Mi padre dijo que me iba a matar pero, por lo visto, la sangre no va a llegar al río – dijo, riéndose - ¡Jo! Es que la escuela es un rollo….
Yo permanecí donde estaba, sonriendo y tratando de buscar las palabras adecuadas para explicarle lo equivocado que estaba con respecto al colegio, y cuando creí haberlas encontrado, preferí permanecer callado. Al fin y al cabo, la mayoría de los otros niños estaban totalmente de acuerdo y no paraban, entre carcajadas, de hacer muecas y gestos burlones intentando imitar a algunos de los profesores que les habían dado clase durante ese curso. A partir de ese momento, decidí que no hablaría más de la escuela, que mis ganas de aprender me las guardaría para mí y que bajo ningún concepto contaría a nadie lo de los cuadernos de caligrafía que había traído para mejorar mi letra y mucho menos lo de los libros de cuentos que también habían venido conmigo y que leería a la sombra de la higuera de enfrente de la casa de mi abuela.
Estaba allí para jugar, divertirme, bañarme en las frescas aguas del Machón, ir a pescar de vez en cuando y jugar en la Galiana. Lo demás lo dejaba a elección de mis abuelos.
De entre las pocas niñas que había en el grupo, creí reconocer a una que ya conocía de otros veranos y que, con frecuencia, pasaba desapercibida y no porque no fuera guapa, que lo era y mucho, sino por su timidez. La miré de reojo para cerciorarme de que era ella y sí, sin duda, era Teresa, la niña más guapa del pueblo, un poco mayor que yo y por la que los mayores hacían verdaderas tonterías para intentar llamar su atención. Ella casi nunca les hacía caso y continuaba lo que estuviera haciendo con la mayor naturalidad, como si no fuera nada con ella. Los niños de las tonterías se rendían siempre ante el desinterés que les mostraba Teresa en todo momento. Yo estaba seguro de que, por dentro, ella se moría de risa al ver tantos chavales, por otra parte normales, comportarse como tontos de capirote cuando estaban frente a ella.
Ella seguro que también me reconoció pues en cierta ocasión en que, sin querer, giré la cabeza hacia la portería del equipo que estaba perdiendo, mi mirada se encontró con la suya por unos segundos que a mí me parecieron interminables y que hicieron que mi corazón se desbocara dentro de mi pecho mientras me hacía consciente del rubor que se había apoderado de mí. No sé si ella sintió lo mismo, el caso es que miré en otra dirección lo más rápido que pude, tratando de disimular el aumento de temperatura que se había producido en mi rostro y del que me parecía que todos se habían percatado. Sin embargo, nadie dijo nada, lo que, en cierto modo, me alivió pero no demasiado ya que estaba seguro de que Teresa sí que se había dado cuenta, por lo que traté por todos los medios de dirigir mi mirada hacia todos los lados posibles, esquivando tan sólo aquel metro cuadrado en el que se encontraba ella.
El partido llegó a su fin y el equipo de Luis, el de la ciudad, ganó por tal goleada que se desató una pequeña discusión sobre el número exacto de goles que se habían marcado. Unos decían que quince, otros que dieciséis, Luis que diecisiete, el caso es que nunca supimos con certeza cual había sido el resultado final.


jueves, 24 de septiembre de 2015

Chocolate Amargo con Miel - Relato de Jesús Gutiérrez Velarde - Capítulo IV

Mi abuela se asomó al balcón y yo agité mis manos al aire en un gesto de despedida a lo que ella respondió de la misma manera. Atravesé el sendero que daba a la taberna de Agustín a saltitos y giré a la izquierda para tomar la carretera principal arrastrando los pies y con ellos la gravilla que en ella estaba esparcida, en un juego solitario y personal. Poco importaba si iba por la derecha, la izquierda o el medio de la carretera pues si uno se sentara a uno de sus bordes al amanecer y permaneciera allí sentado hasta bien entrada la noche, bien podría no ver pasar ni un solo coche en todo el día, tan sólo algunas bicicletas, al alcance de pocos, y algunas carretas de labora tiradas por mulas o asnos cansados ya de tantos años de duro trabajo en el campo. Giré de nuevo a la izquierda en el bar de Cruz y me dirigí hacia el río, no sin antes pararme por unos segundos en la ermita de San Antonio y las ruinas de lo que, según decían, un día había sido una plaza de toros. Me dispuse a cruzar el puente pero antes de llegar al otro extremo, me detuve y miré hacia abajo, viendo a través de las nítidas aguas enormes peces a los que todavía no sabía ponerles a todos nombres. Los más grandes me parecían barbos y los más pequeños bermejuelas. Los otros, de diferentes formas y tamaños no los conocía aunque seguían pareciéndome tan atrayentes como los conocidos o más, con su lento nadar, seguramente, imaginaba yo, disfrutando de las suaves caricias del agua que en esa zona del río siempre bajaba lenta y mansamente y como si los peces, sabiéndolo, se dejaran masajear para no desperezarse del todo.
Continué en dirección al campo de la Galiana dando los buenos días a cuantas personas me encontraba por el camino, jóvenes y menos jóvenes, sin parar de brincar y con mi toalla debajo del brazo. De repente una aldeana vestida de gris oscuro, como si estuviera de semi-luto, con un enorme sombrero de paja en la cabeza y una no menos enorme cesta de mimbre en el brazo, se dirigió a mí:
- Buenos días, chavalín
-. Buenos días, señora – repliqué yo.
- Tú no eres de aquí, ¿verdad?
- No, señora, bueno… pero nací aquí así que, de alguna manera, se puede decir que sí soy de aquí, ¿no le parece? Estoy pasando el verano con mis abuelos.
- ¿Con tus abuelos? ¿Cómo se llama tu abuela? – quiso saber ella.
- Maura – respondí yo sin titubear.
- Maura, ¿eh? Así que tú eres nieto de Jesús Velarde, ¿no es eso?
- Sí, señora, eso mismo.
- Y ¿cómo te llamas, hijo?
- Yo también me llamo Jesús, como mi abuelo – respondí con cierto orgullo
- Vaya, hombre, qué coincidencia, ¿no?
- Por lo que me han contado, de coincidencia no tiene nada – respondí alegremente – Cuando nací yo, parece ser que mi abuelo insistió tanto en que me pusieran su nombre que, me temo que mis padres no tuvieron elección. Y es que mi abuelo es más terco que una mula y siempre consigue lo que quiere o eso es lo que dice mi abuela – dije yo entre risas. – De todas formas, a mí me parece un nombre muy bonito. ¿A usted no?
- Sí, hijo, sí, ¿cómo no? Es un nombre precioso – respondió sonriendo abiertamente, como si yo tampoco le hubiera dejado elección alguna. – Y ¿a dónde vas ahora, cielo? – quiso saber
- Voy al campo de la Galiana a ver si encuentro algún niño y luego, supongo, nos iremos a bañar todos en el Machón, pero debo esperar por lo menos una hora y media antes de meterme en el agua hasta que me haga digestión el desayuno.
- Eso me parece muy bien, Jesús. Hay que guardar las horas necesarias antes del baño en el río por lo que pueda ocurrir.
- Sí, eso es lo que me dice mi madre y yo siempre la obedezco.
- Pareces un buen niño. Tus padres deben estar muy orgullosos de ti.
- Muchas gracias, señora. Espero que sí – dije, luciendo la mejor de mis sonrisas.
- Ahora debo irme, hijo. Seguro que nos veremos otras muchas veces. Este pueblo no es muy grande, como ya debes saber. A propósito, los niños que están buscando están, efectivamente, en la Galiana, jugando al balón así que vas en la dirección correcta. ¡Ah! Una cosa más. Me llamo Carmen.
- Mucho gusto, señora Carmen. Claro que nos volveremos a ver muchas veces. Me voy a quedar aquí un mes entero.
- ¡Qué bien! Espero que te diviertas mucho.
- Muchas gracias, de nuevo. Yo también lo espero. Ahora, si me disculpa, yo también me voy.
- Pues hasta otra, Jesús.

- Hasta luego, señora Carmen.


Chocolate Amargo con Miel - Relato de Jesús Gutiérrez Velarde - Capítulo III

Y poco a poco se fue alejando por el mismo sendero por el que juntos habíamos venido esa misma mañana. En apenas unas horas, estaría de nuevo en casa, con mi padre y mis hermanos, pero sin mí. Por un momento me sentí triste pero luego pasó.
Subí a casa y me dirigí al que siempre había considerado mi cuarto, donde mi madre me había tenido, y miré minuciosamente cada rincón: el viejo armario apolillado soportando aún, estoicamente, el paso del tiempo con aquel olor inconfundible a alcanfor con el que siempre lo relacioné y que parecía eterno; las dos camas gemelas separadas apenas por una simple mesilla de noche a juego con el armario y casi en el mismo estado; el suelo que en algún momento de su ya larga vida habría sido, sin duda, una fina tarima de madera y que ahora chirriaba a cada paso que yo daba, lo que, por cierto, lejos de incomodarme, me resultaba extraordinariamente divertido, hasta el punto de que, a menudo, palpaba con mis pies las tablas más sueltas y saltaba sobre en ellas para que el ruido fuera, cuando menos, tan estridente como mis propias carcajadas. Aquel cuarto, resto de tiempos mejores, era mi lugar, mi territorio y, aunque nunca se lo había dicho a nadie, yo sentía que todo el mundo lo sabía por no sé qué extraña empatía. Había, además, un elemento que convertía este dormitorio tan corriente, por otra parte, en un paraíso de armonía y paz y que no era sino la gran ventana que se encontraba al lado derecho de la puerta y cuyas contraventanas, al abrirse, dejaban entrar maravillosos juegos de luces, como si el sol estuviera siempre de buen humor y quisiera compartirlo conmigo, sólo conmigo, o así quería creerlo yo.
Por no sé qué razón, los rayos de ese sol juguetón que se filtraban por esa mi ventana, se prendieron en mí de tal forma que, incluso hoy, si cierro los ojos, puedo aún recrear el enorme placer que despertaba en mí el primer calor de la mañana. Hasta mi abuela parecía haber reparado en la estrecha relación que había nacido entre aquella ventana, que pasaba desapercibida para todos, y yo, y cada mañana, bien temprano, como era costumbre en aquella casa, se acercaba de puntillas y, sin decir una sola palabra, abría lentamente las contraventanas, ya viejas, dejando paso a la luz que iba dibujando la habitación con las formas más curiosas hasta alcanzar mi rostro con su tibieza. Era entonces, y sólo entonces, cuando el sueño se desvanecía y mis ojos comenzaban a abrirse perezosamente a la vez que mi sonrisa ya intuía la presencia de mi abuela en mi refugio de luz. Luego, ella se acercaba despacio, sin hacer ruido, en silencio, como si esperara a que fuera yo el que profiriese las primeras palabras, lo que para ella sería muestra inequívoca de que ya estaba despierto. Así era siempre, ineludiblemente igual, maravillosamente rutinario y yo sentía que estar en el cielo debía ser muy parecido a la sensación que experimentaba todos los días en aquel mi viejo dormitorio con mi abuela y el sol por testigos.
Así fue mi primer despertar y así serían todos los demás que siguieron. La rutina matinal pasaba por la higiene personal que llevaba a cabo en el lavabo del fondo del balcón donde había aparecido mi abuela a mi llegada. Ella insistía en que me frotara bien por detrás de las orejas, que usara jabón para lavarme la cara y prestara especial atención a las legañas que , según ella, a veces por descuido, hacían que un niño guapo como yo pareciera feo y desaseado. Yo seguía cada uno de sus consejos al pie de la letra, entre risas que no podía contener. Después pasábamos a la cocina, donde el olor a pan recién asado estimulaba mi apetito como si llevara varios días sin comer. Mi abuela, parsimoniosamente, iba cortando las rebanadas, todas iguales, y yo, sentado a la mesa, aguardaba impaciente el momento de hundir aquel manjar cubierto de Natacha en el tazón de Cola-Cao que se encontraba, ya caliente, frente a mí. Ella, a veces, desayunaba conmigo si bien nunca fue una mujer de mucho comer pero debía comprender que mi deleite sería mayor al ser compartido. Comíamos en silencio, despacio, sin dejar de mirarnos, riéndonos sin saber por qué. La alegría no cabía en mi pecho siempre que esto ocurría, lo que era muy a menudo.
- ¿Qué vas a hacer hoy, cariño? – preguntó ella.
- No sé aún. Voy a salir a dar una vuelta a ver si encuentro a los niños que conocí el verano pasado. Seguro que iremos a bañarnos al Machón después – dije yo, mientras continuaba dando cuenta del suculento desayuno.
- Los niños a los que te refieres están todos por ahí, como siempre. Además, por estas fechas ya deben haber venido los veraneantes de la casa grande, esa que está en frente del bar de Cruz, ¿te acuerdas? Me parece que tienen un hijo de tu edad más o menos, así que seguro que podrás contar con un amigo más este verano. Luis, creo que se llama. En cualquier caso, si vais al Machón, andad con cuidado ya que, a pesar de no ser peligroso, no deja de ser un río y podría daros un susto si hacéis lo que no debéis.
- No te preocupes, abuela. ¿Sabes una cosa? Ya sé nadar – dije orgulloso
- ¿Qué me dices? – dijo ella fingiendo una enorme sorpresa.
- Bueno, no es que nade muy bien todavía pero ya no tengo ninguna dificultad en mantenerme a flote y avanzar con los brazos poco a poco. Mi padre dice, que en cuanto sea capaz de mover los pies acompasadamente, ya lo habré conseguido del todo y es eso exactamente lo que pretendo hacer este verano. Quiero nadar cada vez mejor hasta poder deslizarme por el agua como si fuera parte de ella, como si fuera un pez.
Mi abuela no pudo reprimir la risa.
- Lo digo en serio – me apresuré a decir medio enojado.
- Ya lo sé, mi vida, ya lo sé y seguro que lo vas a conseguir. Tan sólo me río por la manera que tienes de contar las cosas, poniendo el alma en ello, como si ya estuviera hecho, como si nada ni nadie pudiera impedirte lograr todo lo que te propongas.
- ¡Ah! – me limité a decir, luciendo esta vez la misma sonrisa que parecía no querer desaparecer de mis labios por más de unos pocos segundos.- Entonces,- continué – voy a salir, ¿vale, abuela?
- Vale, hijo pero no te olvides de venir a comer a la una y media
- Todavía no tengo reloj – dije yo.
- Ya lo sé. Casi todos los niños irán a sus casas a esa misma hora más o menos y si tienes algún problema, sólo tienes que preguntar la hora a cualquier persona mayor que te encuentres.
- Eso haré, entonces. Voy a ponerme el bañador y coger la toalla.

Unos minutos después me veía bajando las escaleras al trote, alegre como unas castañuelas, dispuesto a vivir todas las aventuras a las que un niño de siete años y cuatro meses tuviera derecho.